A simple vista parecía una fotografía familiar antigua. Sin embargo, años después aquella imagen terminaría relacionada con uno de los casos de identidad más desconcertantes investigados en Estados Unidos.
La joven fue conocida durante distintas etapas de su vida como Sharon Marshall y Tonya Hughes, pero esos no eran sus verdaderos nombres, su identidad real era Suzanne Marie Sevakis.

Descubrirlo tomó más de dos décadas y requirió investigaciones policiales, documentos antiguos y pruebas de ADN. Su historia acabaría inspirando el documental de Netflix Girl in the Picture (La chica de la foto).
¿Quién era realmente Suzanne Sevakis?
Suzanne Marie Sevakis nació el 6 de septiembre de 1969 en Michigan, Estados Unidos. Cuando todavía era una niña, su madre, Sandi Chapman, inició una relación con un hombre llamado Franklin Delano Floyd, quien utilizó distintos nombres a lo largo de los años.

Según la investigación del FBI, en 1974 Floyd se casó con la madre de Suzanne utilizando el nombre Brandon C. Williams.
La familia terminó trasladándose a Texas, pero ocurrió algo que cambiaría completamente la vida de la pequeña, su madre fuera detenida por cargos menores y Floyd desapareció llevándose consigo a Suzanne.
Mientras que las otras hijas de Chapman fueron dejadas en una institución infantil, tristemente Suzanne nunca regresó con su madre.
Creció creyendo en una identidad que no era la suya
Con el paso de los años, Suzanne comenzó a aparecer con diferentes nombres. Durante su adolescencia fue conocida como Sharon Marshall.
El hombre que se presentaba ante otras personas como su padre era en realidad Franklin Delano Floyd, el hombre que se la había llevado cuando era pequeña.

Netflix documentó posteriormente cómo Floyd ejerció durante años un fuerte control sobre ella y cómo Suzanne fue obligada a abandonar gran parte de los planes que tenía para su futuro.
Una joven llamada Tonya Hughes
Años más tarde, Suzanne comenzó una nueva etapa bajo otra identidad, ahora era conocida como Tonya Hughes. Vivía en Oklahoma y tenía un hijo pequeño llamado Michael.
En abril de 1990, cuando tenía apenas 20 años, Tonya partió después de ser encontrada gravemente herida junto a una carretera.

Las circunstancias despertaron numerosas preguntas.
Sin embargo, los investigadores tenían un problema todavía mayor y era que Tonya Hughes aparentemente no existía antes de cierto momento de su vida.
Cuando comenzaron a buscar registros sobre su infancia, encontraron inconsistencias, la mujer que acababa de partir no era quien decía ser.
Después de la partida de Tonya, las autoridades comenzaron a descubrir información sobre el hombre que se presentaba como su esposo, quien utilizaba el nombre Clarence Hughes.

Pero tampoco era su identidad real, en realidad se trataba de su padrastro Franklin Delano Floyd, un fugitivo federal buscado desde la década de 1970.
El ADN finalmente dio una respuesta
El FBI retomó con fuerza el caso y comenzó a reconstruir la historia familiar. Floyd reveló a los investigadores que décadas antes había vivido con una mujer que tenía varias hijas y que la mayor se llamaba Suzanne Marie Sevakis.
Los agentes localizaron registros del antiguo matrimonio y posteriormente recurrieron a pruebas genéticas.
El resultado permitió finalmente confirmar la verdad: Tonya Hughes era Suzanne Marie Sevakis.

Habían pasado aproximadamente 24 años desde su partida hasta que las autoridades pudieron establecer oficialmente quién era, el FBI consiguió localizar a sus padres biológicos y comunicarles finalmente lo ocurrido con su hija.
El hijo de Suzanne abrió otro capítulo del caso
Suzanne había dejado un hijo llamado Michael Hughes. Después de su partida, Floyd afirmó que era el padre del niño, pero una prueba de sangre determinó que no existía relación biológica.
Michael terminó bajo protección estatal. Años después, cuando Floyd salió de prisión, intentó recuperar su custodia, pero no lo consiguió.

El 12 de septiembre de 1994 ocurrió entonces otro episodio que volvió a colocar el caso en las noticias: Floyd secuestró al niño, que en aquel momento tenía seis años, cuando se encontraba en su escuela.
Durante aproximadamente dos décadas no hubo una respuesta definitiva sobre lo que había ocurrido, pero finalmente, durante entrevistas con agentes del FBI, Floyd admitió haber causado la partida del niño el mismo día del secuestro y fue condenado a 52 años de prisión.
Las investigaciones también relacionaron a Franklin Delano Floyd con la partida de Cheryl Ann Commesso, una joven que había conocido a Suzanne.
Por ese caso fue declarado culpable y recibió una sentencia de muerte en Florida. El caso de Suzanne, sin embargo, mantuvo durante años varios interrogantes.
Las autoridades consideran sospechosas las circunstancias de su muerte en 1990, pero Floyd nunca reconoció haber sido responsable de ella. El propio FBI señalaba que ese era uno de los puntos sobre los que se negaba a hablar.
El documental que volvió a poner su nombre en el centro de la historia
En 2022 Netflix estrenó Girl in the Picture, dirigido por Skye Borgman.

El documental volvió a reconstruir las distintas identidades de Suzanne y mostró cómo una misma mujer había sido conocida por diferentes nombres a lo largo de su corta vida.
Pero también consiguió algo importante: desplazar el foco del hombre que controló durante años su historia y devolverle protagonismo a ella.
Suzanne no era simplemente “la chica de una fotografía”. Era una joven con una identidad, una familia y planes propios que permanecieron ocultos durante décadas.
Netflix amplió posteriormente la historia mediante una serie de episodios de podcast y reveló incluso información sobre uno de los hermanos de Suzanne cuyo destino había permanecido sin aclarar durante años.